La mujer que leía más rápido del mundo
un día aprendió a leerme entre líneas.
Le fue fácil
era gracias a aquellos dos ojos eléctricos
que además le servían
para encontrar siempre salidas de emergencia,
para hacer el milagro del vino y de la birra,
para salvar a los borrachos en apuros,
para poder hacerme una radiografía,
para atrasar en diez minutos los relojes,
para atraer a todos los enamoradizos
("póngase a la cola, caballero"),
para que el puto cielo se espabile,
para hacer que me duela la barriga
para hacer que me olvide de las puertas
y para impresionarse en mi retina.
La mujer que leía más rápido del mundo
tendrá que leerse en doscientos poemas.
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